Kleber Mendonça Filho, 2016.

FAMILIA Y DERECHO A LA VIVIENDA.

La presencia de la actriz Sonia Braga a la cabeza del reparto de este segundo largometraje del cineasta de Recife Kleber Mendonça Filho, tras su debut con O som ao redor en 2012 y varios cortos, era a priori una garantía del interés de la película, que parece centrada en el acoso al que una gran empresa inmobiliaria somete a la propietaria del único apartamento todavía ocupado en un edificio llamado Aquarius –titulo original del filme– cuya demolición con fines especulativos está ya decidida.

Gran dama del cine brasileño desde poco después de la eclosión del novo cinema de aquel país, con títulos tan representativos como Dona Flor e sus dois maridos (1976), Gabriela, cravo e canela (1983), ambos dirigidos por Bruno Barreto; El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, 1985), de Hector Babenco, o Tieta do Agreste (1996), de Carlos Diegues, Sonia Braga había debutado en 1968, interviniendo desde entonces en más de ochenta producciones, entre largometrajes y series de televisión.

Aquí interpreta el papel de Clara, antigua crítica musical y periodista ahora jubilada, que lleva muchos años en ese piso, donde vio nacer y crecer a sus hijos, ya independientes, la mayoría casados y que mantienen una relación cordial tanto con ella como con los demás integrantes de una numerosísima familia. Su negativa a venderlo es radical desde el primer contacto con los promotores, que han adquirido todos los demás y empezarán a utilizar distintos procedimientos para persuadirla, desde la cortesía insistente hasta el borde mismo de la violencia física, pasando por la presión de los vecinos que ya vendieron y esperan recoger los resultados, por la organización de ruidosas orgías y otras reuniones en los pisos contiguos, las manchas repugnantes en las escaleras comunes, llegando incluso a implantar una colonia de una especie especialmente destructiva de termitas que va destruyendo poco a poco las paredes de los distintos locales del bloque. Nada de esto tiene visos de hacer mella en el ánimo y la decisión de la protagonista, que alterna a su vez las reacciones de paciencia con algunos estallidos de cólera, con el mismo ánimo inquebrantable con el que asumió en el pasado una enfermedad que tuvo como resultado una mastectomía.

Es cierto que todo el peso de la acción recae sobre la actriz, con su espléndida madurez y su enorme capacidad expresiva, tanto en los detalles más sutiles como en los más enérgicos. El problema es que, a modo de balance global, en eso reside el único atractivo del filme. Su lucha contra quienes pretenden arrancarla de lo que considera su hábitat natural se disuelve pronto entre un sinfín de fiestas familiares y reuniones con amigos en secuencias larguísimas y bastante irrelevantes, que contribuyen a dar al conjunto una duración disparatada. Con el añadido de demasiado frecuentes y dispersas pinceladas de vida cotidiana de los distintos personajes principales, en un intento de componer un fresco sobre los hábitos y costumbres de los habitantes de distintas zonas de Recife y pueblos cercanos que no se parecen en nada al brutal paisaje costero erizado de rascacielos impersonales y sin ningún valor arquitectónico, salvo el de hacer vivir a las personas del lugar como abejas en una colmena o como un trasunto de las termitas ya citadas.

Por si fuera poco, pronto sabremos que Clara no está precisamente en la pobreza, sino que dispone de al menos otros cinco pisos y varias propiedades más, con lo que su afán de permanecer en ese deja de ser un problema de graves repercusiones sociales –como el de tantas personas que viven acosadas por los tristemente famosos fondos buitre, también entre nosotros–, para quedar reducido a una cuestión puramente sentimental, por lo que falta poco para que el espectador deje de identificarse psicológica o racionalmente con ella, sin adherirse por eso a los constructores, ni mucho menos, pero demostrando por la práctica que lo que pudo ser, y lo parecía, una historia de denuncia de los abusos cometidos por la voracidad capitalista también en el terreno inmobiliario –de acuerdo con las intenciones declaradas del director–, no es más que un puro despliegue de emociones simplistas que acaban aburriendo en vez de ayudar a comprender el sentido último del relato. Da la impresión de que Kleber Mendonça ha errado el tiro, o bien ha disfrazado de seriedad lo que era un asunto sin verdadera importancia.

 

FICHA TÉCNICA
Título original: «Aquarius». Dirección y Guion: Kleber Mendonça Filho. Fotografía: Pedro Sotero y Fabrizio Tadeu, en color. Montaje: Eduardo Serrano. Música: Canciones populares y de autor. Intérpretes: Sonia Braga (Clara), Maeve Jinkins (Ana Paula), Irandhir Santos (Roberval), Humberto Carrão (Diego), Zoraide Coleto (Ladjane), Fernando Teixeira (Geraldo Bonfim), Buda Lira (Antonio), Paula de Renor (Fátima). Producción: CinemaScópio Prod., SBS Prod., Globo Films y VideoFilms (Brasil y Francia, 2016). Duración: 146 minutos.

 

Autor programadoble

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